Negocios

Lo que no hablamos el día uno

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Patricio desapareció.

Sin correo. Sin mensaje. Sin junta.

Años antes me había empujado a emprender. A creerme que podíamos reventarla. Yo le tenía estima. Admiración. De esas que te hacen decir sí cuando todavía te da miedo.

(Para esta historia le pongo Patricio. El nombre es dramático a propósito. La herida no.)

Si alguien te googlea buscando un socio, esta es la pregunta que de verdad importa. No el stack. No el currículum. Qué pasó con una sociedad que NO FUNCIONÓ.

Esta es la mía.

Yo estaba en entrevistas para Yahoo

Software developer. Estados Unidos.

Por diversos temas no se pudo. No me fui.

Y en ese hueco entendí algo que me cambió la vida: era la oportunidad de emprender en México. De crear algo por mi cuenta.

El miedo no era un poster de “emprende”. Era soltar el empleo. Software. Nómina. Lo conocido.

Era 2016. Tenía 27 años. Hoy tengo 37.

Mi hijo Elías apenas iba a cumplir un año.

Eso es el miedo de verdad: brincar de lo seguro a lo desconocido. Con un niño chico.

Mi inversionista principal era mi esposa. Ella sí tenía un trabajo fijo mientras veíamos crecer el negocio. Se lo tengo que agradecer. En los tiempos difíciles ayudó. Y me empujó a crecer. No con un cheque. Con la red que sí había.

Patricio fue uno de los que me empujó a pensar que sí se podía. Se lo tengo que agradecer. Sin ese empujón, quizá hoy estaría contando otra historia.

Empezamos.

Todo es miel sobre hojuelas. Hasta que hay clientes.

No había agentes de IA. No había un copilot que te armara el módulo mientras tú ibas por café.

Había discusiones largas. Complejas. De esas que se alargan hasta las doce de la noche: qué debíamos construir, qué no, qué aguantaba un negocio de verdad.

Y después, a programar. Largas noches. Unos buenos desvelados que el cuerpo todavía podía pagar en mis veintes.

Así nació la primera versión de Actiun. Un sistema de facturación. La primera iteración.

Después evolucionó para cubrir las necesidades reales de las empresas mexicanas en crecimiento. No el brochure. El día a día.

En México todavía se facturaba con códigos QR. Unos meses después arrancó el CFDI. Nos tocó programarlo a mano, en el cambio de régimen, cuando el SAT todavía no era una API que “ya todos conocen”.

Eso se siente épico cuando lo recuerdas. En el momento se siente como pelear con un PDF y un timbre que no pega.

Los primeros clientes fueron los que permitieron que el negocio creciera. Sin ellos no hay origen. Hay un hobby caro.

Y alguien tenía que salir a vender.

Me tocó a mí.

Puerta por puerta

Contraté a dos personas más grandes que yo. La señora Patricia y la señora Irma.

Ellas prospectaban a la vieja escuela. Sacar citas. Abrir puertas. Para que yo llegara a ofrecer el software.

Me tocó de todo.

Que me cerraran la puerta en la cara.

Que me dieran las gracias. (Ese “gracias” que quiere decir no.)

Y también lo bueno: entender qué sí quería el cliente de un software de administración. Y qué no. Eso no te lo enseña un curso. Te lo enseña el rechazo.

El aprendizaje fue bueno. Lo fui tomando. Y en conjunto con Patricio íbamos desarrollando el software mientras el negocio avanzaba.

Él construía. Yo vendía. Los dos empujábamos.

Suena a roles. No lo eran.

Los dos éramos developers. Yo salí a tocar puertas porque ALGUIEN tenía que hacerlo. No porque el trabajo estuviera escrito. Las discusiones de las doce de la noche eran las dos sobre lo mismo: qué construir. El hueco de vender, cobrar, operar… lo tapaba el que aguantara más.

Rentamos oficina. Empezamos a crecer. Todo parecía ir bien.

Lo que no se habla el día uno

La realidad es que no se hablaron las cosas difíciles desde el inicio.

No se habló qué pasaría si uno de los dos dejaba de trabajar en el proyecto.

No se habló quién hacía qué. De verdad. Con nombre. No “los dos hacemos de todo”.

No se habló sueldo contra sociedad. Qué pasa con la renta. Qué pasa con la nómina. Qué pasa si a uno le llega una oportunidad que no tiene nada que ver con el barco.

Eso, en la miel sobre hojuelas, se siente innecesario. “¿Para qué ponerse en lo feo si vamos arrancando?”

Para eso.

Porque una sociedad no se rompe el día del enojo. Se rompe el día que no escribiste las reglas.

Patricio se ausentó

Algunas semanas. Temas personales.

Como buen socio, le dije que no se preocupara. Que tomara el tiempo que ocupara. Que regresara cuando corriera lo que tenía que correr.

Eso lo volvería a hacer. A una persona que aprecias, le das aire.

El problema no fue el aire.

Dentro de esa ausencia se le atravesó una oportunidad muy fuerte: capitalizar una venta de refrigeradores y otros temas. Ahí cambió todo. Su enfoque se perdió del negocio. Se concentró en otra cosa.

Yo me quedé.

Avanzando. Trabajando. Pagando la renta. La nómina. Los gastos operativos. Todo lo relacionado con el negocio. Incluido el lugar donde se suponía que estábamos los dos.

Entiendo que la vida te da oportunidades especiales. A veces hay que tomarlas. No le voy a recetar a nadie que deje pasar un golpe de suerte.

El problema fue otro.

Hizo tanto dinero en un sprint de tiempo que llegó a la conversación incómoda:

Sabes, no tengo que trabajar más durante un rato. Tomaré vacaciones. No veo la necesidad.

Ahí es donde las cosas se quiebran.

Uno siente que debe seguir empujando el barco porque es su deber. Y entiende —tarde— que su socio ya no está en el mismo canal.

La plática complicada

Claro. Tarde o temprano llegó.

A Patricio se le acabó la racha. El dinero era algo que ya estaba anticipando. Volvió. Y me pidió —exigió— que le pagara todos los salarios que le correspondían. Los meses que no estuvo trabajando.

Ahí tuve que hacer hincapié.

No podía seguirle pagando un sueldo si realmente no iba a poder ayudarme a escalar el negocio.

Eso no es una sociedad. Eso es uno trabajando y el otro fuera, en otros temas, que no van juntos con lo que se suponía que estábamos construyendo.

Se lo dije.

La falta de acuerdos previos fue lo que realmente rompió la relación. No el refrigerador. No las vacaciones. El hueco. El “ya veremos” del día uno.

Y Patricio tomó la decisión.

Sin decir nada. Sin avisar. Sin mandar un correo. Sin mandar un mensaje.

Solamente desaparecer.

Eso duele.

Es complicado haber empezado un negocio con una persona que admirabas. Que apreciabas. A la que le tenías estima.

Conforme fueron pasando los años, perdió su chispa. Su enfoque.

Y nos dimos cuenta al final: cada quien tenía un concepto muy diferente de crear un negocio.

No todos los emprendedores somos iguales

Ahí tomó mucha relevancia lo que Daniel Marcos platica.

No todos los emprendedores somos iguales.

Unos somos escaladores de montañas.

Otros son artesanos.

Otros son peleadores de libertad.

Y no todos pueden congeniar.

Un peleador de libertad busca lo mínimo indispensable para mantener sus lujos y su vida. No es flojo. Es otro juego. Otro marcador.

El escalador de montaña —así me etiqueto yo— busca crear. Crecer el negocio. Empujar los límites al siguiente nivel.

Ninguno de los dos es “el bueno”. El error es subir a la misma cuerda sin decir a qué cumbre vas.

Yo iba a la montaña. Patricio, en ese momento, iba a la libertad.

Con acuerdos, eso se puede hablar. Sin acuerdos, se vuelve una traición que nadie planeó.

Lo que me llevé

Tres cosas. Las sociedades que armé después empezaron por aquí. No por la miel.

1. Acuerdos claros el día uno

En una página. Antes de la oficina. Antes del primer cliente.

Qué pasa si uno deja de remar. Sueldo. Equity. Tiempo. Fecha.

Quién paga la renta y la nómina si el otro se ausenta.

Qué cuenta como vacaciones cuando ya hay clientes y compromisos.

A qué cumbre va cada quien. Escalar. Oficio. Libertad. Las tres son válidas. Las tres no caben en el mismo barco si no se dicen.

Cómo se sale. Con correo. Con junta. Con números. No desapareciendo.

Si eso no cabe en una página el día uno, no tienes una sociedad. Tienes una ilusión con RFC.

Yo no lo escribí. Pagué esa factura. En renta. En nómina. En silencio. Y en una desaparición que todavía duele.

2. Las funciones de cada socio, en orden

No “los dos hacemos de todo”.

Quién vende. Quién construye. Quién cobra. Quién decide cuando hay empate.

En aquella sociedad yo salí a tocar puertas porque alguien tenía que hacerlo. No porque el rol estuviera escrito. Eso funciona un rato. Después el que hace lo que nadie escribió se cansa. Y la sociedad también.

Un socio sin función clara no es un socio. Es una persona talentosa sentada en el mismo cuarto.

3. Alguien que te complemente

Patricio y yo éramos los dos developers.

Suena bonito. “Hablamos el mismo idioma.” Hasta que las discusiones de medianoche son las dos sobre el mismo problema: qué construir. Y el hueco —ventas, cobro, operación— lo tapa el que aguanta más.

Un socio no es un gemelo. Es el que cubre lo que a ti te falta.

Si los dos tienen el mismo perfil, las cosas se complican. No por talento. Por redundancia. Dos personas remando del mismo lado y el barco da vueltas.

Las sociedades que sí me han durado tienen eso: uno construye donde el otro no llega. No dos copias del mismo oficio.

Patricio me empujó a empezar. Eso no se lo quito. El empujón fue real. La ruptura también. Y el aprendizaje, más.

💡 Pregúntatelo en tu empresa

Si estás pensando en asociarte, no empieces por si el producto es bueno.

Pregúntate esto:

¿Ya hablaron de la salida? ¿Quién hace qué? ¿De verdad se complementan, o son dos copias del mismo oficio?

Mi error fue no preguntármelo a tiempo. No hablamos de la salida. No escribimos quién hacía qué. Éramos dos developers remando del mismo lado. Yo seguí empujando. Él encontró otra cumbre. Y el barco no aguanta dos rumbos.

Llevátelo. Antes de pagar la misma factura.

¿Tú ya tuviste esa conversación incómoda? ¿O sigues en la miel sobre hojuelas, con un socio que se parece demasiado a ti?

Escríbeme a hola@jorgenajera.com o por LinkedIn. Cuéntame. Siempre será un placer platicar con alguien que está a punto de subir a un barco… o que ya remó uno que se partió.

Si estás armando una sociedad y todavía no hablan de la salida, de los roles o de si de verdad se complementan, platiquemos un rato. Esa junta es más barata que la que yo no tuve.